Desde primeros del año pasado, como la imprevisión de un tsunami, nos invade la ola descomunal de la IA, de noticia diaria y progresión exponencial. Como un gran desconocido, penetra en nuestras casas y oficios, con mayor rapidez que internet en 1989. Pasados 35 años, seguimos asombrándonos de lo que podemos llegar a hacer y, bajo un prisma crítico, de lo que somos capaces de seguir sin hacer, pasivos, aunque el mundo parece desvanecerse.
Después de una inmersión personal en el mundo del Blockchain, que –a mi modesto juicio– tiene todavía un largo recorrido por delante, en 2022 todo parecía girar en torno a la realidad virtual aumentada y el Metaverso. En 2023 tomó el relevo la inteligencia artificial (IA). Obviamente, no era nada nuevo, pero eclosiona en ese momento y en lugar de progresar linealmente y dejarse digerir y querer, toma unas magnitudes tan excitantes como inquietantes. Presenta aplicaciones reales y potenciales que despiertan nuestra admiración y asombro, que estimulan nuestra imaginación, pero también nuestro miedo que, en extremo, muestra un escenario definitivamente catastrófico, apocalíptico.
“Alguien ha escrito que la ciencia ha tenido mucha suerte al poder “inspirarse” en la ciencia ficción. Las siempre veneradas “2001, una Odisea del Espacio” o “Blade Runner” y “Matrix” han ganado el Oscar a la visión de futuro.”
Recuerdo que hace unos diez años asistí a una ponencia de una alta ejecutiva de IBM y fue la primera vez que tuve conocimiento sobre los fundamentos de esta tecnología. Nos habló de “Watson”, un sistema piloto de IA que ya había empezado a dar sus pasos y frutos en el ámbito de la salud. Desde entonces fui siguiendo este tema desde la distancia, con interés, pero sin profundidad ni regularidad. Cuando empieza a hablarse del famoso ChatGPT, casi a la par empieza la oferta de masters en IA o similares; esto me resulta sospechoso, o bien mi velocidad de actualización y procesamiento no es la adecuada. A la carpeta de nuestro correo, cuenta de Instagram, etc. a diario y varias veces nos llegan propuestas relacionadas con el tema; es como coger todos los términos que conocemos de RRHH –también de otras disciplinas, claro está– y poner las letras IA antes o después. Cada materia se acompaña de este anzuelo, lo que crea desde admiradores hasta escépticos de lo que puede darnos esta tecnología. También se cuelan fanáticos y negacionistas en línea con los extremismos actuales.
Afectaciones
Como en cualquier otra novedad ha aparecido ya el mercantilismo en estado puro, desde propuestas muy profesionales y de valor hasta auténticos oportunistas, falsos expertos sin escrúpulos, y se hace difícil distinguir entre esta selva espesa de oferta. Siempre nos queda el refugio de las entidades de reputación, pero con el riesgo de descartar opciones más sencillas, personalizadas y, seguramente, más económicas. Una alargada sombra se cierne sobre nuestras profesiones en la medida en cómo se verán afectadas por la IA. Disponemos de muchas referencias y observatorios desde donde vigilar el impacto que puede suponer y qué movimientos anticipatorios, quizás ya reactivos, podemos hacer al respecto para no perder competitividad o, duramente, para sobrevivir. Sostenemos que en la medida en que aplicativos de IA puedan reconocer emociones y la comunicación no verbal (es cuestión de darle los patrones) nuestra profesión, en concreto la de seleccionadores o evaluadores, pende de un hilo, pero grueso y de acero. Nuestra sensibilidad, saber hacer, interpretar, empatizar, convencer, intuir, negociar, matizar, etc. están lejos todavía del alcance de la IA; en general, las habilidades más asociadas a las relaciones humanas, y que son muy complicadas de parametrizar.
No hemos de adoptar una actitud de competencia o de proteccionismo con una herramienta, siempre nos ganará. Probablemente, la IA irá adelgazando ese hilo y ello forma parte de un proceso imparable, y la única salida que vemos es mejorar nuestra propuesta de valor personal.
“Un buen ejercicio es deconstruir al máximo nuestra cadena de valor y analizar friamente en qué somos insustituibles por el momento”
Inspiración y creatividad
Una vez me enseñaron que la diferencia entre artesanía y arte es que la primera requiere una técnica depurada a nivel de experto, largo aprendizaje y práctica, y que el arte precisa, sobre todo, inspiración y creatividad. Tengo la ingenuidad o necesidad, ojalá certeza, de creer que IA y arte(sanía) coexistirán. La primera en la medida en que nosotros mismos seamos un motor de su crecimiento y, por tanto, sea nuestra aliada y no nuestra enemiga; no será el “vídeo que mató a la estrella de la radio”. Poco se habla sobre lo que nosotros podemos aprender de la IA, ya que tiene entidad propia y es propietaria del nuevo conocimiento que genera. Nos empequeñecemos como si su único objetivo fuera succionar todo nuestro conocimiento y hacernos desaparecer.
Cierto es que somos totalmente capaces de crear algo que acabe con nosotros, pero, al final, siempre hemos sabido sobrevivir a nuestros propios sabotajes, si bien a un coste imperdonable. Pensamos que es un buen ejercicio, por ahora, deconstruir al máximo nuestra cadena de valor en reclutamiento y selección y analizar fríamente en qué somos insustituibles por el momento, a qué arte(sanía) no llega la IA y potenciarlo al máximo. No nos referimos a la gestión de procesos, la cual damos por supuesto que ya está automatizada y optimizada. Hoy por hoy la selección está mutando de una speciality a una commodity. Un buen ejercicio es pensar en internet: cómo percibíamos la red de redes a finales de los años 90 y cómo en la actualidad. El camino es esa propuesta diferencial, esa fraternidad con la IA que nos coloque en la senda de la excelencia; y entre nosotros seguiremos compitiendo, claro está.
El abogado del Diablo nos susurra que cuando tengamos suficientemente localizada el área cerebral y circuitos neuronales de la intuición (estamos en buen camino) la IA terminará de completarlo, de modo que una de nuestras ventajas a la que nos podíamos aferrar quedará en el desván. Estamos transfiriendo nuestro córtex prefrontal a la IA, pero con el tiempo también nuestro sistema amigdalar e incluso reptiliano, algo parecido a una visión e intención transhumanistas.
Podemos verlo como una pérdida y lamentarnos temerosos en un rincón o como un challenge en el que aplicar, por ejemplo, un pensamiento y cambios disruptivos, o ganar espacio-tiempo en el cuadrante de lo importante y no urgente, en aras de ese valor y excelencia. Seguramente, en este terreno la IA todavía no pueda superarnos a corto y medio plazo. Con el tiempo seremos muchos menos, pero mucho mejores; seguramente la selección natural haya empezado ya. Siempre se valorará el oficio de un buen arte(sano), pero ¿cuántos?, ¿a qué precio?.
